Jaime de Althaus: El racismo ideológico



Jaime de Althaus es un antropólogo peruano de gran influencia a nivel nacional. Tiene un programa llamado “La Hora N” por Canal N (deberían jalarlo a TV Perú), que es muy sintonizado, al menos en Lima. Se caracteriza por ser un duro crítico de los movimientos “socialistas”, defensor del libre mercado y bastante “iluminado” en muchas ciencias. Tiene un libro que yo recomiendo mucho: “La Revolución Capitalista en el Perú”.

Althaus expone de manera magistral como el sistema capitalista y el libre mercado refuerzan los lazos de personas “separadas” históricamente por sus múltiples características. No hace mucho que la clase alta peruana – hasta ahora sigue más o menos así – es dominada por blancos casi en su totalidad; Le seguían los mestizos blancos, aquellos que muchas veces “tenían mejores opciones” para conseguir trabajos y alcanzar una posición relativamente alta, sin llegar a compararse con la blanca clase dominante; Después entraban a tallar los indígenas que eran utilizados paras labores muy duras, y en muchas ocasiones humillantes. El libre mercado es el que está haciendo que los diferentes segmentos (blancos, negros, indios y mestizos) interactúen como nunca antes lo hicieron en la historia peruana.

Aquí el artículo completo:





Jaime de Althaus Guarderas

El racismo ideológico


El racismo es funcional a un orden estamental, colonial, feudal, precapitalista. En su libro "Nos habíamos choleado tanto", Jorge Bruce cita al historiador Nelson Manrique cuando dice que el racismo permite que las personas interioricen el orden estamental como uno natural. Ese orden es uno en el que los individuos nacen y mueren en la misma condición: en él no hay movilidad social. En un orden capitalista, en cambio, en una economía de mercado, la movilidad social es parte intrínseca de él: es el correlato de la competencia y la libertad económicas.

En ese sentido, la pervivencia del racismo en la sociedad peruana es un rezago antihistórico, que retarda la implantación cabal de una economía de mercado, porque encuentra siempre formas ora de excluir, ora de "proteger", que termina siendo una forma de excluir. Pero el avance de una economía de mercado, por su parte, tiende a su vez a disolver la mentalidad racista, por la sencilla razón de que pone en contacto a individuos de distintos segmentos y grupos sociales, los obliga a relacionarse, a intercambiar, a asociarse. En una economía de libre mercado campesinos andinos o sus hijos pueden convertirse en pequeños y hasta grandes empresarios que interactuarán con sus pares de los sectores "blancos".

Lo que ha demorado la eliminación de los prejuicios racistas en el Perú ha sido, precisamente, la tardanza en establecer una economía franca de mercado. O, más precisamente, el retroceso que experimentamos en ese proceso en los 70 y los 80. Ello pese a que, teóricamente, y siempre siguiendo a Manrique, la "revolución" velasquista eliminó los rezagos del orden feudal, es decir, eliminó las bases sobre las que se asentaba la distinción racista. Pero lo hizo de manera aparente, porque no generó un orden moderno, capitalista, sino que acentuó el abismo social. Lo que pasó fue que, por un lado, la reforma agraria velasquista no buscó una estructura fuerte de pequeños propietarios sino que pretendió mantener el latifundio como unidad de producción colectiva, en la que el patrón era reemplazado por un funcionario del Estado. Paternalismo (¿o feudalismo?) burocrático, hijo natural del racismo.

Por otro lado, la ineficiencia implícita en lo anterior sumada a la tremenda transferencia de rentas del campo a la ciudad ocasionada por proteccionismo industrial y las políticas de subsidio alimentario, agotaron el mercado interno en lugar de desarrollarlo, incrementando el divorcio entre el país moderno y el tradicional. La exclusión fue aun mayor. Las bases de la distinción racista, entonces, se agravaron realmente en lugar de desaparecer.

Si el país le hubiese dado continuidad al proceso de modernización capitalista que avanzó con fuerza en los 50 y los 60, hoy seríamos una sociedad mucho más rica, integrada y desracializada. La estructura feudal en la sierra hubiese caído por su propio peso, como de hecho ya estaba ocurriendo con las migraciones masivas y las invasiones de tierras. O hubiese bastado una reforma agraria solo para los fundos improductivos de la sierra como la que se planteó durante el primer gobierno de Belaunde. Pero la ideología socialista nos ganó la partida.


FUENTE: Pagina del autor (ver enlace)





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