Aldo Mariátegui habla sobre el monstruo comunista


Transcribo, a continuación, una buena columna de Aldo Mariátegui, el acérrimo defensor peruano del liberalismo político – económico.

Aldo Mariátegui
LA COLUMNA DEL DIRECTOR

Tenía poco tiempo de instalado en Madrid y estaba una noche mirando el noticiero cuando anunciaron algo surrealista: la RDA había decidido abrir el Muro de Berlín. ¡El fin del comunismo! No podía creerlo. Esa odiosa ideología que parecía implacablemente indestructible, ese cáncer que no había cesado de extenderse por el planeta, que había encandilado a millones por décadas y que había matado más gente aún que el nazismo, había colapsado inesperadamente. Es cierto que ya Gorbachov había lanzado la perestroika y el glásnot y que Hungría y Checoslovaquia habían aflojado los controles migratorios un poco antes, pero nadie se esperaba esto tan repentinamente.

No sé cómo se lo podría explicar a un joven de hoy, pero el comunismo parecía invencible, con una eficazmente robótica Unión Soviética que era una superpotencia apenas contenida en Europa Occidental por EE.UU., la otra superpotencia, con la OTAN, y que no dejaba de extenderse como un pulpo por el mundo. Muchos -sobre todo los "intelectuales"- te repetían el credo rojo con el mayor fervor y se hacían los ciegos ante lo obvio: el comunismo era una militarista dictadura sangrienta y absoluta, donde un grupito que controlaba el poder volvía gigantescas cárceles a sus países e imponía su parecer hasta en los aspectos más nimios de la vida de la gente. Era la más gigantesca estafa de la historia y hacía rato que eso era evidente, menos para los más supuestamente "pensantes". El 99% de la intelectualidad peruana no dejaba de rendirle pleitesía y hoy en día me da risa verlos cómo tratan de esconder ese vergonzoso pasado. ¡Si escuchasen hoy lo que pregonaba Izquierda Unida! Nadie defiende ahora a Fidel como en aquellos días, salvo fósiles vivientes como César Lévano y Javier 007 Canseco, sujetos estrambóticos como el higiénico Raúl Wiener o servidores del chavismo como Ollanta.

Por una cuestión de azar, tuve la suerte de viajar a Berlín aquel diciembre. Pude coger un martillo y darle con todo a ese puto muro mientras eufórico le mentaba la madre a todo ese rojerío tan asfixiantemente estúpido que había tenido que aguantar en la universidad y en el país.

También pude pasar a la RDA, ya bajo el más permisivo Modrow (el feroz tirano Erick Honecker murió asilado en Chile por el presidente Aylwin y la hipócrita Concertación. Fujimori fue un niño de teta al lado), un lugar opresivo, gris, lóbrego y pobretón que contrastaba mucho con la opulenta RFA. Las calles de Berlín Oriental eran tan tristes, llenas de vitrinas vacías, casas despintadas, carros antediluvianos, guardias, soplones y estraperlistas que querían cambiarte marcos y dólares a escondidas. Mientras caminaba por ese infierno helado, recordaba cómo Francisco Eguiguren había tratado de defender una mañana a la RDA durante una clase de Derecho con el sicotrópico argumento de que nadie se fijaba cuánta gente al año se escapaba a la RDA. ¡O Pease, las cosas que hablaba Henry Pease! Tiempo después, conversaba en Praga con unas personas que habían estado negociando con el dictador Husak la salida del régimen comunista. Me contaron que éste les había dicho que hacía años que los comunistas sabían que todo era una gran farsa. Y el comunismo en Europa del Este fue sólo brutal imperialismo ruso.

Se acabó IU y Fidel es una patética reliquia, pero aún tenemos jodiendo al neocomunista Hugo Chávez y a Sendero en la Selva. A Corea del Norte. A varios imbéciles locales que aún creen en eso. Al descerebrado de Maradona. La lucha continúa, pero el monstruo está mortalmente herido.

FUENTE: Correo


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